Hay amores que matan, que desgarran, amores que a pesar de estar enterrados metros bajo tierra, deciden salir en los momentos menos esperados. Esos amores que creíamos olvidados, pero que están tan vivos aún.
Un gran amor finalmente nunca se olvida, nunca se va tan fácil de nuestras vidas. Un gran amor simplemente construye su hogar en nuestro dolor. Yo creí que lo había olvidado, que ya había muerto, pero ayer me dí cuenta de que sigue vivo, en canciones, en películas, en lugares, en mi cabeza, es ahí donde él vive, lugares que son su hogar, y que no quiere dejar.
Pero, ¿He sido yo quien le da dado un lugar donde quedarse?, ¿Soy la que debe echarlo por completo de mi hogar?, ¿El realmente quiere irse? No lo sé, ni nunca voy a entender lo que quiere, lo que pasa por su cabeza.
Es un ser cruel y necio, una termita que se come mi corazón. Ambos queremos dejarnos partir, pero hay un pequeño hilo, delgado, transparente que nos mantiene unidos, queremos escapar, no nos queremos volver a ver nunca más, queremos correr lejos sin mirar atrás.
Cada día me repito, ya se fue, ya se fue, es otro día, una nueva página.
La única manera es sacarlo de raíz, que es lo que más duele, porque implica destrozar, romper, pero es la única manera de plantar algo nuevo ahí.
Los finales de películas no existen, no son tan simples, en la realidad la gente no hace locuras por amor, no es tan jugada, no cree en el amor, las películas nos muestran lo que nosotros no somos capaces de hacer. Por eso no creo en los finales de felices para siempre.
Hay amores que matan, pero poco a poco voy volviendo a la vida, dejando que la luz brille en mi rostro, volviendo a unir los pedazos rotos de mi corazón.
Lo amé como a nadie, él apenas me quiso un poco.
Así es en la vida real, siempre hay uno que pierde todo.
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