Creo que el invierno dejó de ser mi época del año favorita. Si antes la disfrutaba, ahora solo quiero que se vaya rápido. ¿Por qué? Porque el invierno rompe mi corazón, enfría mis sentimientos, moja mi felicidad. No digo que no sea feliz, lo soy, mucho, pero hay cosas que empañan los colores, y es porque al invierno no le gustan los colores.
Este invierno nuevamente rompe mi corazón, y no sé cuando lo parará de hacer.
Lo conocí sin saberlo, no lo esperaba, sólo llegó. Nunca pensé que llegaría a ser alguien importante en mi vida. Son las cosas raras que no entendemos hasta que pasan años. Que increíble nuestra capacidad humana para esperar largos tiempos para poder comprender una situación. ¿Será que antes estamos como ciegos, sin poder ver?
Llegó, se quedó, se fue. Pensé que no me importaría, pensé que el tiempo medía una relación. Había olvidado que existe la calidad, que es superior al tiempo.
En mi cabeza sólo dan vuelta pensamientos de incertidumbre, que no saben a donde ir. No los quiero acá, pero se agarran fuerte, dejando heridas. Si dos personas se quieren, ¿por qué no deben estar juntas? El terminó el muro que yo comencé a construir. Ese muro fue el que nos separó, fuimos los dos albañiles del fin.
El invierno saca lágrimas. El y yo nos miramos a los ojos, con esa mirada profunda de dos personas que se quieren pero que deben decirse adiós para siempre. El y yo lloramos, con lágrimas que dicen adiós para siempre. Nos abrazamos fuerte, largo, como dos viajeros que saben que jamás volverán a encontrarse en ese tren. De fondo sonaba un violín, y me acordé de esas películas románticas en donde los protagonistas deben separarse para siempre, porque no están destinados a estar juntos.
El y yo somos protagonistas de una historia que ya terminó. El invierno se la llevó. El viento susurrará su nombre y la lluvia terminará de callarlo para siempre.